Después de muchos días sin pasar por aquí, tranquilamente sentada en el cuarto donde reside el ordenador y releyendo, como de vez en cuando hago, las entradas que he ido publicando, sobre todo si han tenido buena acogida o algún “me gusta”, me he dado cuenta de que mi mala cabeza me ha dejado en evidencia conmigo misma… Puesto que yo pretendía haber hecho, que forma verbal más complicada para una escusa…, un diario de mi estancia en Mérida; pero me dejé vencer por la vivencia propia de la experiencia, por conocer la gente que he conocido, los sitios que he visto, y los que he dicho que debo volver para verlos, porque también se han quedado muchas cosas por hacer…

Y es que diez días dan para poco cuando hay tanto entre manos, nuevos compañeros, tan distintos y especiales, de los que aprender, con los que vivir y compartir, con su propia visión de la vida y de las cosas… Y casi no dió tiempo para hacer todo lo que ese hermoso mosaico requería de nosotros, y siempre pensaré al ver las fotos: Ay! tendría que haber…! pero ya no, sólo me queda decir gracias a todos.

Aún recuerdo mi “entrada triunfal” en la residencia que nos acogió a más o menos la mitad de este maravilloso grupo de gente, y como siempre, tan discreta, ya no me dió vergüenza ser yo misma con vosotros; Jose Manuel, gracias por esas conversaciones sobre cualquier tema que me encantaron; Clara, mi pequeña, te adopté y me hiciste más llevadera la separación de mi peque, te tocó, jeje; y el resto de las chicas más guapas de la residencia! Irantzu, Ana, Myriam me divertí mucho con vosotras y Paula, aunque no estuvieras mucho por allí; Jose, siento si te avasallé en algún momento, pero siempre fue desde el cariño.

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¡Qué nervios el primer día! Después de nuestro primer y opíparo desayuno, no sabía por dónde empezar; aunque el paseo diario hasta el yacimiento me hizo agradecerlo más tarde, jajaja… Y ahí nos encontramos todos un montón de caras nuevas, cada uno con su historia mirándonos con sonrisas nerviosas, todos con muchas ganas de empezar.

Fue una mañana preciosa, visitando el teatro, y el anfiteatro de Mérida, con esos jardines, todo tan bonito y tan bien cuidado, me morí de la envidia, !!yo quiero eso en mi ciudad!!. Escuchando a Pedro Dámaso, el conservador del Consorcio de Mérida, toda la historia de las restauraciones que se han ido realizando durante estos años, la pasión que pone en su trabajo, y que ve reflejado en los resultados. Eso me dió aún más ganas de empezar a hacer cosas.

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Después de una jornada intensa, emocionante y muy calurosa, como no puede ser de otra manera, estrechamos lazos entre los compañeros, tomando algo fresco, por supuesto, en un local cercano, recomendado por uno de los ponentes que nos invitó a todos, donde pudimos disfrutar de parte de los restos arqueológicos que hay bajo su suelo, gracias a unas placas de cristal de seguridad… Pasión y disfrute todo en uno, ¿quién puede pedir más para un primer día?

 

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